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| JAVIER GIL |
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EN-CUENTOS A primera vista la casi totalidad de las imágenes de Adriana Duque muestran una serie retratos de impecable ejecución en el color, luz, textura, equilibrio compositivo. No obstante, y pese a tratarse de un género tan codificado como es el retrato, las fotografías nos producen cierta extrañeza, algo se filtra perturbándonos, algo no se ajusta al orden de la representación perceptiva, algo de otra escena nos inquieta. Quizás un recorrido por ellas nos arroje pistas para introducirnos en ese enigma A-saltos Una primera aproximación nos muestra imágenes que parecen condensar diversos registros: Pese a presentarse como fotografías parecen rozar con lo pictórico, no solamente por el tratamiento añadido a las fotos, sino por el susurro de pinturas del Romanticismo y del Renacimiento que se encuentra en muchas de ellas: el ropaje de una niña evoca nítidamente el vestuario de los pintores flamencos; otra imagen, en su estructura espacial, nos recuerda la disposición de una paradójica Anunciación, otras sugieren las estructuras visuales con que se representaban las vírgenes, otra nos trae un vago eco de los juegos espaciales las Meninas de Velásquez; algunas la composición y el tono emocional de los románticos, finalmente algunas incorporan cuadros dentro del cuadro. También se muestra una afiliación con el relato. Gestos y poses nos remiten no a un retrato sino a un relato detenido, las imágenes fijan un instante, un momento de un continuo narrativo. Aparte de este cruce y convivencia de géneros, las imágenes condensan tiempos y espacios heterogéneos: escenografías, ropajes, muebles, parecen llegar del pasado para situarse en el momento presente. Cada una de ellas es terreno abierto para un juego de discontinuidades, fracturas temporales, reuniones de mundos distantes y distintos, encuentros dispares que nos recuerdan el mundo de Alicia en el país de las maravillas cuando un momento cualquiera podía devenir umbral mágico a una multiplicidad espacio temporal, a un viaje por distintos paisajes, historias, tiempos, cuentos, saltos temporales, encuentros de lo lógico y lo ilógico. Una sorprendente mezcla de personajes de cuentos ancestrales de la cultura occidental se entreveran con personajes y situaciones actuales. De allí las sugerencias a Caperucita Roja, Alicia, Cenicienta, Hansel y Gretel, quenes parecen cobrar significaciones ocultas al fundirse con situaciones y sujetos del entorno colombiano. Los cuentos parecen ser una materia moldeable para insertarse en realidades locales, ciertos personajes son claramente colombianos en sus ropajes, actitudes, tipo físico y sin embargo aparecen mezclados con esos niños rotundamente ajenos al medio. Es claro el contrapunto entre el vestuario, ropaje y escenarios de lejana procedencia con los personajes de nuestro entorno. Estos parecen tomar por asalto ese tiempo distante y lo hacen con una inescrutable e inquietante actitud y sonrisa que contrasta con la lejana tristeza o la profunda indiferencia emocional que caracteriza a los niños. Esa callada violencia que empieza a hacer temblar la estudiada pose del retrato se intensifica con el ropaje aparentemente inocente de los personajes. En sus camisas se distingue un cándido conejito o una frase en la que leemos “so sweet” Es claro que no se trata de una evocación nostálgica del pasado, esos cruces generan una tensión tendiente a interrogar al presente. Los cruces temporales y culturales encierran más una finalidad crítica que una citación nostálgica. Las figuras del pasado y del mundo occidental son apropiadas para ser resignificadas, sus sentidos originales son desviados por la artista para cargarlos de realidades más locales e inmediatas. bisagras La sobredeterminación de la imagen puede extender sus lecturas a universos más íntimos y personales. Las inaúditas condensaciones y desplazamientos, la ruptura de la lógica y temporalidad diurna son asociables a las producciones de lo inconsciente Estamos frente a imágenes que pueden proceder de otros lugares psíquicos, del trabajo de lo onírico por ejemplo. Ellas escenifican y construyen cuadros que disponen y distribuyen las energías psíquicas a través de las simbolizaciones que encarnan los distintos personajes. Como en lo cuentos de hadas, se representan instancias y fuerzas sicológicas, incluso la emergencia de temores y sensaciones perturbadoras. No es descabellado pensar que esos niños, con sus antiguos ropajes y viejos escenarios, no solamente remiten al pasado histórico sino a un pasado psíquico, a estratos ancestrales de la memoria que reaparecen relacionándose con elementos y situaciones del presente. Los personajes y figuras, como ocurre con estos cuentos arquetípicos, resuenan en capas profundas de nuestra interioridad. Las propias imágenes favorecen esa resonancia al presentarse como bisagras articuladoras de espacios diversos a través de juegos de miradas que irremediablemente nos introducen a una trama de reflejos y proyecciones. Somos interpelados por la mirada de los retratados, todos nos devuelven la mirada e irremediablemente acabamos incorporados a las imágenes, siendo parte del escenario. Todo ese dispositivo visual nos permite pensar la imagen como escenario de estratos sicológicos, como bisagra entre el adentro y el afuera y nos conduce a saltar, como la misma Alicia, o como Orfeo, al otro lado del espejo, a la noche onírica e inconsciente. En algunos casos las ventanas y los arcos se presentan como rotundo centros visuales, como ojos, como agujeros negros que desde el espacio incrementan esa sensación de verse mirando. Tras la estabilidad de las formas algo siniestro asalta la imagen para producirnos una inasible y convulsa extrañeza. Algo procedente de un estrato psicológico distante o reprimido, ajeno al ámbito perceptivo, reaparece y nos a-sombra. El espectador, introducido en el espacio psíquico y físico de la imagen mediante el juego de miradas, no puede sustraerse a esa siniestra sensación. Lo bello, entonces, deviene anuncio de lo terrible. Ya Regis Debray sugería que la imagen es terror domesticado, terror vinculado a una aparición, a una alteridad que nos interroga sin que sepamos muy bien de qué se trata. Las obras de Adriana Duque tienen la sencillez y la complejidad de un retrato. Ellas transgreden este género desde dentro y lo impregnan de dimensiones sociales, culturales y psicológicas, incluso de fantasmas personales mediados por lo socio-cultural y de lo colectivo mediado por fantasmas personales. Algo se construye con materiales pasados, algo regresa desde el pasado histórico y psíquico. La apropiación de retazos y huellas de símbolos, de mitologías y narraciones del pasado, se encuentra con el presente produciendo esa familiar extrañeza en la que lo lejano y lo cercano, el pasado y el presente, abandonan sus estáticos lugares para “encontrarse” abriendo nuevos campos de significación .. Javier Gil |