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Jaime Garzón
Laura Restrepo |
Kafka
afirmó con cierta decepción que la fotografía sólo
sabe darnos superficies. Alguien ha debido explicarle que eso no significa
que no pueda darnos lo profundo, porque el arte de la fotografía
tiene el deber de mostrar lo hondo en lo superficial, lo oculto en lo
visible. No en vano Proust declaró que lo más profundo
es la piel, y Oscar Wilde dejó dicho que sólo los superfluos
no juzgan por las apariencias. Carlos Duque ha combinado su labor como comunicador y publicista, oficios que siempre afirman cosas, con su vocación de fotógrafo, y en particular de retratista, un arte que, antes que afirmar, interroga. Su aventura en ese campo reúne una vasta galería de personajes, casi todos colombianos, cuyo tejido de luz y de sombras nos ofrece a menudo minuciosas revelaciones. Duque es creador de símbolos pero también un explorador del sentido de los rostros a los que se acerca. Una atmósfera o un objeto pueden ayudarle enseguida a revelar la clave de un destino; pero a veces un carácter sólo emerge al ser asediado desde ángulos o momentos diversos. Duque ha creado algunas imágenes muy familiares para los colombianos. A partir de una fotografía de Luis Carlos Galán hizo un dibujo que llegó a representar menos a un hombre que a un proyecto político; un dibujo que incluso, como suele ocurrir con los símbolos, llegó a parecerse más al proyecto que el personaje mismo. Era la evocación de un viejo dibujo de Gaitán con el grito elocuente y el brazo en alto que en una época simbolizó la rebeldía colombiana. También una fotografía de Jaime Garzón, con un pato en las manos, simbolizó hace algún tiempo una arriesgada frontera de crítica social, humor e irreverencia. Y la fotografía de Isabela Santo Domingo desnuda sobre un caballo anda cabalgando por la imaginación de muchos colombianos. A esos símbolos establecidos ya deberían haberse añadido en nuestra conciencia otras obras de Duque: el retrato de Yolanda Pulecio, que bien puede simbolizar la dignidad y el dolor de las madres colombianas, siempre postergadas por los mezquinos cálculos del poder; el rostro de Tatiana de los Ríos, mirando al cielo con sus ojos enormes, que parece encarnar el verso de Angelus Silesius “la rosa es sin por qué, florece porque florece”; el retrato joven del fotógrafo Fernell Franco, cuya mano sin cámara no deja de buscar el encuadre de lo que está viendo; el rostro grave de Santiago García, contrastando con la brillante nariz de payaso; el retrato de Fanny Mickey con una nube luminosa en su cabeza, y el retrato de Marcela Carvajal, un Hamlet femenino con un cráneo en la mano. ¿Qué busca descubrir Carlos Duque en sus personajes? Casi todos son seres públicos, de los que creemos saber mucho. Un alcalde, un presidente, una modelo, una actriz, un director de teatro, un pintor, un escritor, una artista. El fotógrafo sabe que creemos conocerlos y juega a confirmar nuestra idea de ellos. Pero algo inesperado entra en escena, un aparente juego de ingenio que se convierte en una exploración más profunda del alma de los personajes. La risa de papel de Poncho Rentería nos recuerda que su humor es un tipo de prosa; el claroscuro del retrato del alcalde Jaime Castro nos hace sentir la melancolía del poder; a la estampa de Martha Senn la ciñe un espacio con sentido musical; la mano nerviosa de Pilar Castaño, cubriendo su rostro con su propio cabello, muestra a alguien acostumbrado a ser visto esforzándose por ver; el entorno oscuro del caricaturista Héctor Osuna, hace que sólo veamos la mano y la cabeza que lo definen: la sonrisa en la mirada y el escepticismo en los labios, la franqueza en la mano y el oído junto al lápiz; en el retrato de Alonso Sánchez, de pronto, como en un sueño, a un personaje corriente le brotan garras de halcón o uñas de pantera; el retrato de Fernando Gaitán, está ceñido por un vuelo de páginas detenidas en el aire; el retrato de Sergio Cabrera nos sugiere que hay algo oriental en su mirada. Duque no afirma nada aquí: es un artista que interroga y sugiere. A veces sin darse cuenta nos revela cosas, como en esos cuatro retratos de Álvaro Uribe, que parecen de cuatro personas distintas; como ese de Saramago, en el que la mano parece imponerse sobre el rostro, como delatando a alguien que antepone la realidad a la imaginación y la acción al mero pensamiento; como Jacanamijoy, con un lienzo en blanco siempre esperándolo y la sonrisa feliz de quien está satisfecho de su destino; y como el bellísimo retrato de Débora Arango, tal vez el más hondo de todos, donde nos conmueven la dignidad y la franqueza, la nobleza del rostro dibujado por los años y el resplandor de la mirada de quien supo obedecer siempre a su corazón. En ese momento ya el personaje no necesita adorno alguno, ni recurso alguno de ingenio para revelarnos quién es, y la mirada del artista se olvida por un instante de que la fotografía es un ejercicio intelectual que combina el ojo, el pensamiento y el azar, y se deleita en ser testigo de una fuerza humana llena de autenticidad y de luz interior. Seguramente Duque, que aquí se ha consagrado a darnos testimonio talentoso del pequeño mundo de los rostros públicos, nos dará un día también retratos de ese otro país, “de rudas manos y de oscuros nombres”, que es en el que más necesita Colombia reconocerse. |