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Ha pasado más de un siglo desde que en 1901 apareció la primera cámara, la Kodak Brownie, que costaba menos de un dólar y que popularizó la fotografía gracias a su procesamiento e impresión de películas. Esta cámara hizo que la fotografía cambiara la manera de ver y perdurar el mundo a través de una imagen, pues la mayoría de personas podían tener acceso a una de éstas y utilizarla en celebraciones, viajes o momentos especiales. Es sorprendente observar cómo un concurso, que se concibe como una maratón para capturar imágenes de nuestra ciudad en algunas de sus dimensiones, como la Bogotá étnica, nocturna, de rincones típicos, sus problemáticas, su sistema de transporte, el rebusque de sus habitantes para sobrevivir, entre otras, logre la aceptación entre aficionados y profesionales quienes permiten adentrarse en nuestra urbe para poder percibir los imaginarios de la ciudad. Estos fotógrafos viven y habitan la ciudad, recorriendo en un tiempo límite y capturando los espacios, instantes en los que convivimos. Los concursantes van como cazadores mirando a Bogotá como un gran orbe, que cotidianamente no se deja ver y que se eclipsa por la usabilidad y la rutina que tenemos. Por dos días, los fotógrafos son turistas, antropólogos, artistas y niños que descubren a la otra ciudad que desconocemos. Podríamos considerar que la FOTOMARATÓN es un evento en el que los concursantes, sin saberlo con claridad, devienen en la Bogotá imaginada y deseada, en la Bogotá oscura, en la Bogotá presente. Para ellos es una experiencia con lo público, que también se halla en el ámbito de lo familiar, pues la ciudad es nuestra y en cada foto los participantes descubren códigos y símbolos de una ciudad que nos mira y que se deja ver. Esta FOTOMARATÓN no sólo es un concurso, es un documento valioso que tiene el privilegio de preservar imágenes cotidianas, en momentos específicos de una ciudad que duerme oculta, bajo su epidermis. María Elvira Ardila |