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El FOTOMUSEO –Museo Nacional de la Fotografía-, sigue fiel a su propósito de ofrecer a la sociedad colombiana importantes exposiciones fotográficas, nacionales e internacionales, que muestren las grandes conquistas de esta disciplina artística en todas las regiones del mundo. En el ámbito de esta labor, agradecemos el entusiasmo con que el Gobierno Francés a través de su EMBAJADA EN COLOMBIA y la ALIANZA COLOMBO FRANCESA, asumieron la tarea de traer a nuestro país uno de sus más reconocidos artistas, el fotógrafo ROBERT DOISNEAU, alto nombre de la fotografía mundial. A la vez, queremos agradecer la participación del INSTITUTO DISTRITAL DE CULTURA Y TURISMO DE BOGOTÁ y el apoyo de DINERS CLUB Internacional, SIEMENS S.A., de RENAULT, FOTOMORIZ S.A., AIR FRANCE y SOFITEL; empresas que comprenden la cultura como un valor que añade prestigio a sus marcas y que es siempre la premisa de una verdadera dignidad de la vida, en la búsqueda superior del bienestar humano.
ROBERT DOISNEAU nació en 1912, en Gentilly, un suburbio al sur de París que a comienzos del siglo XX, -según la apreciación del artista-, era “particularmente feo”. Fábricas y curtidurías ennegrecían e infestaban las aguas del río Bièvre, pero precisamente esa atmósfera enrarecida, y los estudios, los talleres y los pequeños huertos de Gentilly, inspiraron y enriquecieron sus primeras fotografías. Las muchas imágenes que Doisneau logró acumular de una manera obsesiva, constituyen hoy el mejor documento histórico visual de su lugar de origen.
La muerte de su madre cuando él tenía 7 años lo convirtió en un joven necesitado de afecto y con un deseo irreprimible de sentir esa compañía femenina que le faltó en una etapa tan importante de su niñez. Su padre, Gaston Doisneau deseaba para su hijo una carrera estable que le permitiera vivir sin angustias económicas, y quiso que estudiara ingeniería, pero ésta, para el joven DOISNEAU, no tenía ningún interés. Lo matriculó entonces en l´école Estienne, que en ese tiempo, como ahora, preparaba a sus alumnos en la edición de libros. Allí descubrió DOISNEAU una facilidad para el grafismo y el diseño de letras que lo acompañó toda su vida, hasta el punto que, según él mismo confesó, concebía la composición de sus fotografías procurando dar la forma de una letra del alfabeto a cada conjunto de imágenes. Cuatro años permaneció DOISNEAU en l´école Estienne, y allí aprendió la tipografía y todas las técnicas del grabado.
Con su diploma bajo el brazo, y un mundo de ideas, a los 17 años el joven DOISNEAU, recorre las calles de París buscando trabajo, sin resultado favorable, a pesar de que se sentía un buen diseñador. En los últimos años escolares se preguntaba, si no podría resolver su vida profesional a partir de la fotografía. Es así como con una cámara fotográfica, prestada con mucho temor, por su hermano Lucien, DOISNEAU realiza sus primeras fotografías entre 1929 y 1930 de las cuales muy pocas quedan ya, porque la mayoría, placas 9x12, se perdieron durante la guerra. Su tío, alcalde de Gentilly, le hace su primer encargo, y con el dinero obtenido DOISNEAU se compra una cámara Rolleiflex 6x6, un aparato novedoso en esos años, y a partir de entonces, conociendo un poco sobre la iluminación, comienza su recorrido mostrando cómo la fotografía no sólo describe sino que puede descubrir en un segundo facetas escondidas en la realidad.
Lleva sus trabajos a los archivos municipales, donde el funcionario encargado se los compra todos sin reparar en el precio que DOISNEAU, balbuciente y con gran timidez, le propone, -12 francos por fotografía-, una suma que correspondía a tres meses de salario de un obrero.
DOISNEAU se incorpora como asistente en el estudio Ullman, una casa especializada en la publicidad artística para la industria farmacéutica. La fotografía estaba influenciado cada vez más las artes gráficas y la publicidad, que hasta entonces utilizaban sólo el dibujo y el diseño para impulsar su mercado. Entra luego a trabajar en el estudio de arte del escultor André Vigneau, quien buscaba un operador de cámara, y allí continúa su aprendizaje de la luz a través de la práctica, pero también a través de los libros sobre esa técnica, que leía vorazmente durante sus horas de descanso.
Los fines de semana DOISNEAU tomaba fotografías en las calles, y esta actividad lo condujo a concebir y realizar un reportaje sobre el Marché aux Puces (mercado de las pulgas) de París. Vigneau mostró esas fotografías al director del periódico Excelsior, quien las consideró divertidas y tomó la decisión de publicarlas. Más tarde el fotógrafo haría para este mismo periódico reportajes gráficos sobre los pájaros y sobre los muelles.
Poco a poco fue venciendo su timidez frente a la gente de la calle, aprendiendo en la práctica de este oficio que las personas a las que se fotografía eran exactamente como él mismo, seres con sus temores y sus vacilaciones, pero también con su espíritu comprensivo y cómplice, y así fue convirtiéndose en el fotógrafo de las calles de París, en este inconfundible voyeur parisino que el mundo reconoce hoy.
Cumplido su servicio militar y recién casado, DOISNEAU ya no encuentra el regreso al estudio de Vigneau, quien había decidido incursionar en el cine y a los veintiún años, ingresa como fotógrafo industrial en la fábrica de Renault. Seguía su trabajo callejero, captando imágenes memorables de los suburbios de París, la colección de fotografías que recogería en su primer libro, editado por Blaise Cendrars.
Robert DOISNEAU se reclamaba como un ser de la libertad. Lo hizo enormemente infeliz la disciplina que le fue impuesta durante la época de estudiante, se sintió igualmente atado mientras trabajó en el estudio Ullman, con el escultor Vigneau y durante su permanencia en Renault, de donde fue despedido por llegar continuamente tarde. “Tengo una necesidad de libertad, que debe ser mayor que la de mis contemporáneos y no puedo tolerar ser retenido por la gente o por las cosas”. El despido de esta fábrica, lejos de lesionarlo, lo impulsó a fotografiar desde entonces y para siempre, por cuenta propia, todos los ambientes y personas que se atravesaron en su camino, convirtiendo las calles de París en su escenario preferido. Sólo de vez en cuando aceptó contratos puntuales para la agencia Rapho o para el compartimiento Vogue.
DOISNEAU fue un gran administrador y discípulo de la obra del francés Eugène Atget (1857-1927), quien igualmente fotografió todo lo que amaba, todo lo que le atraía, lo mismo que todo lo que estaba en trance de desaparecer, y de la obra de Brassaï, nacido en Transilvania en 1899, quien a través del lente realizó un verdadero reportaje social sobre los bajos fondos de París con sus travestis, sus prostitutas y sus delincuentes.
“Escribe sobre tu aldea y serás universal”, había dicho León Tolstoï. La fotografía, como disciplina artística, no escapa a esa búsqueda de una especie de sistematización, un intento por descifrar y resolver las obsesiones que nos rondan a todos. Siempre el ojo del fotógrafo captará lo que más gratifica su sensibilidad. Consecuente con el pensamiento de Tolstoï, Robert DOISNEAU mantuvo siempre la convicción de que las imágenes arquetípicas de su espíritu lo esperaban en su barrio, en su casa, en las calles de París y en los inagotables suburbios, de que siempre el secreto estaría a la vuelta de la esquina.
Las cincuenta y ocho fotografías que el FOTOMUSEO exhibe desde hoy forman parte, ya hace muchas décadas, del patrimonio de la humanidad. “La dernière valse du 14 juillet” de 1949; las legendarias imágenes de niños parisinos seleccionadas para esta exposición entre una colección numerosa; los Bistrots de París, lugares románticos, cantados por poetas del mundo entero y sitios obligados de la sociedad francesa; los desinhibidos y apasionados besos de los amantes que Robert DOISNEAU supo captar en las avenidas de esta maravillosa ciudad, de los cuales “Le baiser de l´hôtel de Ville” (el beso de la alcaldía de París) 1950, es tal vez su fotografía más publicitada; los monumentos, las calles, personajes como “La concierge” (la portera), y sus retratos de Picasso, Jacques Prévert o Coco Chanel, serán el más grato regalo para todo transeúnte que se detenga a mirarlas.
La obra de Robert DOISNEAU se sitúa en el género de la reportería urbana; son fotografías clásicas pero también contemporáneas: de una contemporaneidad pura y real, sin filtros, sin ayudas; que hace que este trabajo se pueda apreciar, hoy como ayer, con una mirada desprevenida y actual.
Robert DOISNEAU murió en París en 1994. Su capacidad de descubrir el instante supremo, su sensibilidad ante el espíritu de su tiempo, que lo convirtió en un artista integral, y ese sentido de lo humano que no lo abandonó en toda su vida, lo han constituido en uno de los más grandes valores de la fotografía del siglo XX.
El FOTOMUSEO se enorgullece de presentarlo a la sociedad colombiana, agradece a sus herederas, Francine Deroudille y Annette Doisneau, su invaluable colaboración para que las imágenes de su padre hayan podido estar entre nosotros, y rinde a la vez homenaje a la memoria de este destacado artista y a la época que él supo guardar plenamente en su obra.
GILMA SUÁREZ
Directora FOTOMUSEO
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EMBAJADA DE FRANCIA EN COLOMBIA
Es para mí un placer presentarles esta exposición Robert Doisneau dedicada a París y a sus habitantes. Con estas sesenta fotografías, la Ciudad Luz se expone en la capital de Colombia, París visita a Bogotá.
Durante dos meses, la exposición circulará por las calles y plazas para ofrecerse gratuitamente al mayor número de personas: los que vendrán especialmente para descubrir estos clichés y los que pasarán por casualidad, los amantes de la fotografía sí, pero también caminantes dominicales, novios de paseo, vendedores ambulantes, hombres de negocios, artistas… Qué bello destino para un arte como el de Doisneau, tan inspirado en las calles y su vida, el de regresar a ellas para el deleito de todos.
Sólo FOTOMUSEO era capaz de hacer posible la realización de tal proyecto. FOTOMUSEO oxigena la fotografía y nos permite conocerla en un marco de una relación informal. Francine Derodille, hija de Doisneau, a quien agradezco calurosamente su apoyo, fue conquistada por esta idea de un contacto abierto, lejos de los muros del Museo, con el más vasto público.
Pues la obra de Doisneau nos habla a todos; el humanismo es una dimensión esencial de su trabajo. Él conocía íntimamente a esos parisinos que fotografió. Hablando de los clichés tomados en los bares él decía: “Para tomar fotos de este tipo, uno no puede quedarse al margen de la multitud, hay que beber tanto “Beaujolais” como los demás para sentirse partícipe de lo que ocurre y para que ellos ya no se den cuenta de que uno es fotógrafo”.
Doisneau nos presenta al pueblo de París: los niños, sus juegos y travesuras, porteras gruñonas, obreros con la gorra atornillada a la cabeza, un poeta solitario en la terraza de un café, parejas ajenas al mundo que las rodea por el encanto de un beso… Algunos serán sensibles a la calidad plástica de estos clichés, a la técnica y al ojo certero del profesional. Otros se deleitarán con su humor subversivo, con su irreverencia hacia la autoridad. Muchos se dejan invadir por la poesía, el baño revelador que dio origen a tantas de estas fotos. Doisneau hace parte de aquellos artistas que, para usar sus propias palabras, “Tienen resabios de infancia que les suben a la garganta”.
La poesía, el humor, la infancia hacen de estas fotografías un patrimonio cultural y humano que estamos felices de compartir con la ciudad de Bogotá.
DANIEL PARFAIT
Embajador de Francia en Colombia
